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Ministerio de Cultura y Juventud

Fecha de última actualización: 01/10/2004

 

 

 

 

Alfredo Cardona Peña

 

 

 

 

 

Si, como tantos, le brindamos algún crédito a la etimología, nos ha de importar un poco que poesía provenga del griego con que se dice el "hacer que ocurra algo extraordinario". Para ser poeta es suficiente con hacer nacer una ave de las cenizas. Basta decir un cementerio después de una llovizna. O ayudar a que la patria suba por las enredaderas ante los infantes.

Hacer lo extraordinario está dado para todos, pero no todos podemos. E incluso entre los que pueden, pocos lo hacen dos veces, menos tres. Como nuestro Alfredo Cardona Peña, el poeta prolífico, el periodista ingeniosísimo, el cuentista fantástico -por su talento y por que así eran sus cuentos-, aquel que, adolescente, partió, pero cada año nos visitó por un rato y cada noche nos soñó un poco más.

 

 

 

 

 

 


Versátil, geniecillo en la rima, duende en el verso libre, tan temerario como para hacer un poema de cualquier cosa, artesano increíble de ese material que es la palabra, de su música y de su sentido. Cardona Peña fue poeta en un país de poetas, el de Sor Juana, López Velarde, Paz, Sabines. Y fue también poeta en nuestra Costa Rica, como lo fueron y lo son Julián Marchena, Eunice Odio, Isaac F. Azofeifa, Jorge Charpentier.

 

Alfredo Cardona Peña nació en San José el 11 de agosto de 1917. Cuando tenía trece años partió con su familia hacia El Salvador; al regresar en 1933, entró en contacto con Joaquín García Monge, quien editó una antología con sus poemas y convenció a su familia de que lo enviasen a México.

 

Con 23 años hizo sus primeras armas en el periodismo en el diario Novedades, donde participó en las secciones editorial y de crítica literaria. Sus crónicas caminaron por medio México, entraron en los barrios pudientes, pasaron por el quinto patio, dieron cuenta de su edad de oro. Acaso ese contacto, prácticamente cotidiano, con artistas, escritores e intelectuales de talla continental y mundial, explica su obra generosa en número y méritos. En 1950 inició una serie de entrevistas semanales con Diego Rivera, algunas verídicas, otras imaginarias, que luego recogió en el libro El monstruo y su laberinto.

 

Como periodista, además de columnista en México, fue colaborador en Costa Rica del periódico La Nación y del Semanario Universidad, sin olvidar que probó suerte en el ensayo literario con un análisis de la poética nerudiana. En unos y otros oficios, Cardona Peña se mostró poseedor de una cultura amplísima, especialmente en cuanto a literatura y poesía, y de una saludable confianza en sus recursos.

 

En cuanto hacedor de ficciones, Cardona Peña fue uno de los primeros y todavía pocos narradores costarricenses que se apartó del realismo y exploró la fantasía, en colecciones como Cuentos de magia, de misterio y de horror (1966), Fábula contada (1972), Los ojos del cíclope (1980). Sin embargo, fue su obra lírica la que le dio temprana fama y que se recuerda con persistencia; se destacan tres o cuatro poemarios sobre el conjunto, apenas es posible mencionar algunos nombres y apuntar que es mucho lo que falta: su primer poemario El mundo que tú eres (1944), Los jardines amantes (1952), Cosecha mayor (1964), Anillos en el tiempo (1980). Con una antología de sus poemas ganó el Premio Nacional de Campeche en México, en 1983.

 

 

 

 

 

 

 

En su lírica, Cardona Peña participó con sus coetáneos de una renovación del lenguaje, combinó con acierto lo retórico y no retórico, la palabra florida con la salida coloquial, sencilla. En sus primeros poemarios se aproximó directamente a los temas por los que todo poeta ha de pasar: el amor y la muerte; sin embargo, conforme fue encontrando una escritura personal, pudo hacer algo extraordinario con cualquier evento cotidiano, con la aparición de un nuevo libro, con el recuerdo de su padre, con la memoria de Marilyn Monroe.

 

Aunque abandonó Costa Rica poco más que adolescente, este "poeta de felices emociones y de felices palabras", al decir de Alfonso Reyes, vivió con nostalgia su residencia lejos de la patria. Cada año visitaba el país para ver a su familia, revisar cómo andaban sus libros que por aquí se publicaban y dar una o dos conferencias.

 

Al morir el 1° de febrero de 1995, estaba escrito en su testamento que quería ser enterrado en Costa Rica, en el Cementerio General, al lado de su madre. Nuestro poeta, quien dijo que la patria "acaso sea la infancia subiendo por los días".

 

"La patria del poema está en el sueño del niño sin edad que en todos danza".

 

 

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La Patria del Poema

 

"La patria del poema está

 las hojas que la muerte

y el odio han abonado;

sangre circula por las savias

rojas, que basta revolver en lo enterrado y abrir el corazón

de la montaña para tocar

el cuerpo de un soldado.

¡Qué luto germinando en la espadaña! La patria del

poema está en las hojas."

 

 

 

 

 

 

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