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Ministerio de Cultura y Juventud

Fecha de última actualización: 30/09/2004

 

 

 

 

Arturo Agüero Chávez

 

 

 

 

 

La poesía costumbrista, esa de la tierra, de la carreta, del ganado, del Valle Central de labriegos sencillos, ha tenido dos momentos, dos libros cimeros, les dicen. El primero se llamó Concherías y fue escrito por un intelectual josefino y olímpico que, divertido, se puso las ropas del concho: Aquileo J. Echeverría. El otro es Romancero tico y fue escrito por un profesor de castellano, acaso el más brilloso que ha pasado por nuestras aulas, quien tuvo por cuna la finca y a ella volvió después, como cariñoso, como rústico, como nostálgico, a través de musicales octosílabos: don Arturo Agüero.

 

Este don Arturo fue, además, un profesor de investigaciones inmensas, sin falta citadas entre quienes trabajan en la comprensión de nuestra lengua, libros que trascendieron fronteras para ser reconocidos en Norteamérica y Europa. En nuestro país, amén de sus libros tan apreciados, sus columnas en La Nación y La Prensa Libre fueron centinelas en el uso del buen verbo.

 

 

 

 

 

 


Este hombre de romances ticos nació en San Isidro de Coronado, entonces y ahora tierra de siembras y de vacas, el 27 de marzo de 1907. En la Escuela Normal de Heredia se graduó de maestro y después de profesor de Estado, con una tesis de gramática comparada; al mismo tiempo, empezó con sus clases en la escuela, que después continuaron en colegios, y finalmente en la Universidad de Costa Rica, tanto en su sede central como en la de San Ramón, pueblo que le declararía ciudadano distinguido.

 

Las lenguas romances, y ese tronco común que es el latín, no tuvieron secretos para don Arturo: sus giros, sus posibilidades, sus vetos, sobre todos dijo y escribió en la prensa, con el seudónimo de Pedro Díaz del Parral, en la literatura académica con el que le endilgaron en la pila bautismal, en libros como El español en América y Costa Rica (1962), Literatura y gramática española (1968), Origen y desarrollo de la lingüística (1977).

 

Gente seria, don Arturo escribió sus versos con otro nombre; y no por vergüenza, sino porque el suyo propio sonaba como a calles y avenidas, y aquí quería sentirse como entre los trillos en las fincas, paseador sobre la embarrialada ruta del ganado. Para ser concho, para decir las palabras y los sentimientos blancos de sus abuelos, para eso estaba Sinforoso Retana, modesto, madrugador, amable, supersticioso y travieso, como bien lo describió don Elías Zeledón.

 

Cuando Arturo Agüero fue Sinforoso Retana, el poeta de Coronado rimó diálogos, contó azares, cifró esperanzas, ahogó nobles melancolías. Los 20 poemas del Romancero tico lo pusieron a la par de Aquileo, aunque en honor a la verdad, frente a aquel, don Arturo era más sensible, estaba más próximo a la tierra, con ella conversaba con mayor candidez. "Ni Aquileo fundó escuela ni yo pertenezco a la de Aquileo", dijo en alguna ocasión, para distanciarse del josefino, pero igual editó sus Concherías, con glosario y todo, y los cuentos de Ricardo Fernández y de Fabio Baudrit.

 

 

 

 

 

 

Al morir el 11 de mayo de 2001, en el rescate de la memoria del maestro, los periodistas no pudieron con la suma de reconocimientos que cosechó, con mucho trabajo y poco ruido, aquel hijo de San Isidro. Ni antes ni después, un filólogo costarricense ganó tanto nombre en el mundo hispano, miembro de Academias de la Lengua de cuatro países y presidente de la de Costa Rica por dos décadas, doctorado por la Universidad de Costa Rica, condecorado por españoles y franceses. Nombre ganado con un trabajo silencioso, tan honesto como el de los campesinos que honró en sus poemas. Aquel hijo de San Isidro de Coronado.

 

"Yo salí del pueblo, quizás para siempre; él, en cambio, no ha salido de mí, porque lo llevo, con toda su rústica poesía, en el alma"

 

 

 

 

 

 

 

ROMANCE DE LA PRIMICIA

 

Frente a la ventana abierta,

y en el asiento más blando,

la, esposa en silencio cose

ropita y panales blancos.

Camisitas y escarpinesesperan en su regazo...

La ilusión viste ropitas

y en pañales se ha abrigado.

 

 

 

 

 

 

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