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Ministerio de Cultura y Juventud

Fecha de última actualización: 01/10/2004

 

 

 

 

Benjamin Gutiérrez Saénz

 

 

 

 

 

Cosa curiosa pero al presentar a Benjamín Gutiérrez, antes que referirnos a sus amplios méritos como músico y educador, hemos de decir algunas cosas sobre él como persona y personaje. Y es que el romanticismo de su figura obliga, como un dandy del XIX: palabras galantes, serenidad a prueba de atrasos y atropellos, sonrisa y mirada melancólica, impecable barba en "candado", como impecable el traje y el cabello. Por su talento y comportamiento el maestro ha sabido hacer la diferencia. Sus maneras, digamos decimonónicas, digamos neorrománticas, como lo fueron las de su querido Johannes Brahms, contrastan con el más contemporáneo, por no decir moderno, de sus colegas y alumnos.

 

 

 

 

 

 

 

 


Este incorregible aristócrata del espíritu nació el 3 de enero de 1937 en Guadalupe; miembro de una familia de músicos -su bisabuelo fue el maestro Pilar Jiménez-, repetidas veces ha declarado que no recuerda la primera vez que sus dedos tocaron un teclado: que siempre estuvieron allí. Al llegar a la adolescencia ingresó al Conservatorio de la Universidad de Costa Rica, y a los 15 años decidió continuar con los estudios secundarios por la noche, para poder dedicar sus días a la práctica del piano.

 

Apenas con dieciocho años escribió la ópera Marianela, la cual fue estrenada en octubre de 1957 en el Teatro Nacional; el éxito obtenido por esta producción lo hace merecedor de una beca para estudiar en el Conservatorio New England de Boston, donde obtiene su maestría. En 1961 continúa sus estudios en Aspen, Colorado, con el compositor francés Darius Milhaud, quien habría de influenciarle radicalmente, y en Ann Arbor, Michigan con Ross Lee Fenney; de esos primeros años sesentas son sus conocidos Concierto para violín y Orquesta y el Absolutio post misma pro defunctis, que le significó su primer Premio Nacional en 1962. Una nueva beca, esta vez para especializarse en composición y orquestación contemporánea, le lleva en 1964 a Argentina, donde es alumno de Alberto Ginastera, que le permite familiarizarse con la producción musical latinoamericana y ser influenciado por el atonalismo del maestro.

 

En los últimos años sesentas, Gutiérrez regresó a Costa Rica para dedicarse a la docencia en la Escuela de Música de la Universidad de Costa Rica y el Conservatorio Castella; de la primera fue director por largos años y aún hoy es profesor emérito. El tiempo que ha dedicado a la docencia, sin embargo, estimuló antes que robó tiempo a su verdadera vocación: la composición. Hasta el día de hoy, Gutiérrez ha concluido y estrenado cerca de cincuenta obras, en las cuales se ha mostrado menos clásico que en su comportamiento e indumentaria, pues además de aprovechar el legado musical indígena en su Concierto para viola y orquesta, exploró la música de cámara, la ópera ballet con motivos japoneses (El pájaro del crepúsculo, estrenada en 1982) y la sinfonía (Sinfonía coral a la memoria de Johannes Brahms). El estreno de esta última obra en 1980 marcó un hito en dos sentidos: fue la primera sinfonía escrita y estrenada por un costarricense desde los años cuarentas, y su escritura se debió a una hasta entonces inédita solicitud expresa de la Orquesta Sinfónica Nacional (OSN).

 

 

 

 

 

 

Esta contratación por parte de la OSN es un ejemplo más de cómo, en un país donde lo normal es que la indiferencia ahuyente a los creadores hacia otros países, la labor creadora de Benjamín Gutiérrez fue abonada con estímulos -becas, premios, homenajes- y él respondió con una vasta y personal cosecha. Además de las antes mencionadas, otras composiciones de Gutiérrez son la Improvisación para Orquesta de Cuerdas, la Pavana para Cuerdas, el Concierto Barroco para saxofones, la cantata escénica Fuego yLas dos Evas, estrenadas tanto en Costa Rica como en países como Bélgica, España, Suiza y Argentina.

 

Además de compositor, director de orquesta y pianista de técnica precisa, casi científica, Gutiérrez no ha disminuido su afán creativo con el paso de los años. Meses después de la concesión del Magón, se supo que preparaba su cuarta ópera; en este caso, una ópera rock basada en el cuento La propia de Manuel González, de la cual ya se han estrenado fragmentos. Quién lo diría, de un señor tan formal.

 

"No puedo dejar de componer. Enseño para vivir, pero vivo para componer."

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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