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Ministerio de Cultura y Juventud

Fecha de última actualización: 05/10/2004

 

 

 

 

Carlos Luis Fallas Sibaja

 

 

 

 

 

Mientras vivió, las pasiones políticas dividieron a los lectores de sus novelas en dos grupos, claramente diferenciados: admiradores, que las apreciaban por la denuncia presente en ellas, y detractores, que las descalificaban por la misma razón. En ambos casos se vio el equipaje que acompañaba al autor, el líder sindical y comunista Carlos Luis Fallas, antes que la riqueza de sus escritos. Después de su muerte se cayó en un pecado muy distinto: quedarse en los textos, inocentes y limpiecitos, y olvidar que quien los escribió, Calufa, vertió en ellos sus hondas experiencias y su irrenunciable batalla por la liberación del pueblo obrero.

 

Mamita Yunai, que apareció en 1941 y fue su primera novela, se puede leer como tal -y disfrutarla un montón-, pero también como un fluido reportaje, o como una denuncia directa de la corrupción política y empresarial de la Costa Rica de los años treintas. Aunque menos producto de las circunstancias, sus siguientes novelas, Gentes y gentecillas (1947), Marcos Ramírez (1952) y Mi Madrina (1954) también permiten el goce literario como la revisión histórica y sociológica. El testimonio de un itinerario vital. La denuncia, finalmente. Es difícil ignorar al escritor. Es imposible ser honesto y olvidar al dirigente político.

 

 

 

 

 

 


"Nací el 21 de enero de 1909, en un barrio humilde de la ciudad de Alajuela", escribió Fallas en una suerte de autobiografía que acompaña las ediciones de Marcos Ramírez, que seguía: "Por parte de mi madre soy de extracción campesina. Cuando yo tenía cuatro o cinco años de edad, mi madre contrajo matrimonio con un obrero zapatero, muy pobre, con el que tuvo seis hijas. Me crié, pues, en un hogar proletario". La palabra define, pero el acto es el que hace: Calufa dijo después de hacer. Niño y adolescente problemático, lector incansable y desordenado, aprendiz en los talleres de un ferrocarril, a los 16 años se fue de liniero a Limón donde, según relató, "hice vida de peón, de ayudante de albañil, de dinamitero, de tractorista (...) Y allí fui ultrajado por los capataces, atacado por las fiebres, vejado en el hospital". Retrató su vida, o lo que de ella aprendió, y lo que aprendió de quienes con él trabajaron.

 

En 1931 regresó a Alajuela a ver morir a su madre; allí permaneció y aprendió el oficio de zapatero, al mismo tiempo que entró en contacto con la doctrina marxista y se incorporó al Partido Comunista. En el gremio proletario, el taller del zapatero fue siempre el más propicio para la discusión de los problemas nacionales y de las ideales de izquierda; el de Calufa no fue la excepción. En 1933 fue orador en una manifestación obrera que concluyó con un encuentro con la policía; es herido, y condenado a desterrarse en un lugar a más de cien kilómetros de Alajuela: él eligió Limón, donde fue uno de los principales dirigentes de la gran huelga de 1934.

 

Durante los años cuarentas participó en la insólita alianza del Partido Comunista con el gobierno de Calderón Guardia y la iglesia católica, a la cual debemos las garantías sociales y el Código de Trabajo. Como dirigente del entonces Partido Vanguardia Popular, fue elegido regidor por Alajuela en 1942 y diputado en 1944; durante la guerra civil de 1948 hubo de improvisarse jefe militar para defender los logros proletarios y, después de la derrota, los tribunales especiales lo condenaron a cuatro años de cárcel por "el robo de unas gallinas en Tres Ríos" (!). Las protestas, dentro y fuera del país, hicieron que el gobierno diera marcha atrás.

 

En los siguientes años, Fallas trabajó incansablemente en la clandestina sobrevivencia del Partido Comunista, declarado ilegal en 1948. En diversas publicaciones de izquierda, pero especialmente en Trabajo y Adelante, aparecieron sus opiniones, crónicas y relatos como Un mes en la China roja.

 

 

 

La prosa de Carlos Luis Fallas carece de gratuitos adornos, es casi periodística, confía decididamente en el interés de su anécdota y en los valores que guían a sus personajes. De formación autodidacta, su encuentro con Carmen Lyra fue decisivo en su familiarización con las posibilidades musicales de la palabra. Su relación con la palabra fue, sin embargo, fundamentalmente formal, como redactor de actas e informes; fueron pocos los momentos que su activismo político cedió a la labor literaria: Mamita Yunai fue escrita en 25 días, Gentes y gentecillas en menos de tres meses.

 

En 1965 se le diagnosticó un cáncer de riñón; en el primer mes del siguiente año se le galardonó con el Premio Magón, compartido con Hernán G. Peralta. No pudo recoger el merecido reconocimiento: murió el 7 de mayo de 1966.

 

"Mi labor literaria es muy escasa, porque la mayor parte de mi tiempo lo dedico a la lucha por la total liberación de mi pequeña patria"

 

 

 

 

 

"Todos los Ramírez de la vieja generación nacieron y se criaron en El Llano de Alajuela, y pasaron su vida entre ese barrio y las montañas del Norte. Campesinos recios, astutos y resueltos, dejaron en el barrio una leyenda de aventuras y hechos de valor.

 

 

 

 

 

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