A A+ A-
Avanzada
Instagram Twitter Facebook Youtube Noticias RSS
Ministerio de Cultura y Juventud

Fecha de última actualización: 06/10/2004

 

 

 

 

Carlos Salazar Herrera

 

 

 

 

 

Muy pronto, en unas pocas líneas, presentaba la soledad del hombre. Con fineza, sus absurdos. Una rápida metáfora, tan ágil que no la reconocemos como tal, nos ponía de frente con los riesgos del deseo.

 

Para él, un cuento era como esa embarcación, el bongo, a la que dedicó uno de sus mejores relatos: pequeñito, para andar en aguas mansas, y con pocas personas dentro, gente que las recorría colmada de pasiones; de la nobleza a la traición, de la solidaridad a los celos, siempre acechando, la muerte.

 

Desde que sus primeros cuentos aparecieron en Repertorio Americano, Salazar Herrera sumó su voz al coro de buenos narradores centroamericanos, como el guatemalteco Miguel Ángel Asturias y el salvadoreño Salarrué. Como ellos en sus leyendas y cuentos de barro, nuestro cuentista recurrió a su tierra, a las gentes que en ella encontraba, y las retrató con cariño y dureza, tanto en el relato como en el grabado y el dibujo. Pocos cuentistas y artistas costarricenses como el tierno, lacónico y estilizado Salazar Herrera.

 

 

 

 

 

 

 


Al reconocerse su labor con el Premio Magón, se premiaba por primera vez a un integrante de esa notable Generación del 40; poco le correspondería a Carlos Luis Fallas, Fabián Dobles y Joaquín Gutiérrez. Entre ellos, fue el primero en nacer: el 6 de setiembre de 1906, en San José; allí cursó su primaria y su secundaria; al concluir su adolescencia, pasó por un taller mecánico y por el banco de John M. Keith, antes de decidirse a aprovechar su destreza en el dibujo para ganarse la vida.

 

En 1928, en un certamen literario que acompañó la exposición de artes plásticas del Diario de Costa Rica, obtuvo el tercer lugar con su cuento La piedra de Toxil. Como artista plástico también fue reconocido cuando su escultura Motivo ganó la medalla de plata en la Primera Exposición de Arte Centroamericano. Aunque menos frenético que Quico Quirós, Paco Amighetti o Manuel de la Cruz González, el joven Salazar Herrera era uno más entre los renovadores de la plástica costarricense.

 

Al fundarse la Universidad de Costa Rica se incorporó a la Facultad de Bellas Artes como profesor de cursos de perspectiva y dibujo académico, entre otros; a esta labor entregaría 35 años de su vida, y la acompañaría a partir de 1950 con la dirección de Radio Universidad.

 

En 1947 reunió en Cuentos de angustias y paisajes los relatos que durante tres lustros publicó en periódicos y revistas, y algunos inéditos; cada historia iba acompañada por uno de sus grabados; en 1963 agregaría dos relatos. Como resumió después Emilia Prieto, el título era menos que azaroso, pues lo que encontramos en los escritos de Salazar Herrera son angustias diluidas en el paisaje. Sus personajes sienten mucho, recalquemos que "existen", pero ese existir no lo expresan ellos, sino los reducidos escenarios por los cuales transitan.

 

 

 

 

 

 

Don Carlos fue un hombre y un escritor sereno, obsesivo, silencioso; por eso la brevedad de su legado, tanto en narrativa como en artes plásticas.

 

Perfeccionista, revisaba incansablemente sus relatos en procura del efectismo más acertado; por eso, después de Cuentos de angustias y paisajes solo publicó Tres cuentos (1965) y, póstumamente, un volumen con el ejemplar título de De amor, celos y muerte (1989). Publicación póstuma, pues falleció el 24 de julio de 1980.

 

"¡Un bongo!... ¡Y qué parecido es a un cuento! Un bongo es una pequeña embarcación de velas, en donde caben apenas unas cuantas personas (...) Un bongo es para aguas mansas."

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La Sequía

 

"Muy parecido estaba a uno de esos "tocadores de ocarina" que esculpieron sus antepasados.

Sin moverse, pasmado, horas y horas en cuclillas."

 

 

 

 

 

 

 

Ministerio de Cultura y Juventud © 2014 Todos los derechos reservados.
Hermes Soluciones de Internet