Carlos Enrique Vargas Méndez

 

 

 

 

 

Circunspecto y callado, un señor de la parquedad y la seriedad, sus momentos de gloria expansiva y alegría profunda los dejó plasmados en la música, tanto como intérprete, maestro y compositor.

 

En 1994 el jurado de los premios nacionales reconoció por primera vez a un músico con el Magón, y lo hizo en la persona del maestro Vargas, pianista y organista, compositor y notable director de orquesta, amén de ingenioso arreglista y, muy especialmente, uno de los mayores eruditos de la música que ha nacido en suelo costarricense. El Magón premiaba al mismo tiempo el mérito artístico y la importancia histórica.

 

Vargas Méndez nació el 25 de julio de 1919; su padre José Joaquín Vargas Calvo, fundador y director de la Escuela de Música Santa Cecilia. Desde los seis años estudió con su padre piano, órgano y teoría de la música; además, le acompañó y cubrió en sus deberes como intérprete, tanto acá en Costa Rica, como en Detroit (Estados Unidos), donde su padre fue nombrado cónsul.

 

 

 

 

 

 


En 1938 don José Joaquín es nombrado cónsul en Roma, Italia, y esto permite a su hijo estudiar en el prestigioso Regio Conservatorio di Música Santa Cecilia, donde tiene entre sus profesores al virtuoso Tito Aprea; al mismo tiempo, se especializó en música sacra en el Instituto Pontificio de Música.

 

Al regresar a Costa Rica en 1940, encontró un ambiente propicio para el crecimiento de su arte, pues en 1940 se fundó la Orquesta Sinfónica Nacional y dos años después el Conservatorio Nacional. Son los años de sus primeras composiciones: Misa en re (1940), Dos piezas fáciles (1944), Elegía a la memoria de Sergei Rachmaninov (1943), los fundamentales Concierto para piano y orquesta (1944) y la Sinfonía en mi menor (1945). Estas dos fueron las primeras en su género escritas por un costarricense, y con su participación las interpretó la Orquesta Sinfónica Nacional en 1944 y 1950, respectivamente.

 

En las siguientes décadas, el aporte de don Carlos Enrique se dispersa entre la dirección musical, la interpretación, la traducción de piezas ajenas y la docencia, con lo cual descuida la creación; entre sus composiciones a partir de 1950 se destacan, sin embargo, la Rima XVI de Bécquer (1950), Ave María (1954), Siete perfiles para una pieza de teatro (1962) y Lincoln School Song (1974).

 

En 1955 fundó el Coro de la Universidad de Costa Rica, el cual dirigiría hasta 1973. Interesado en la dirección musical, entre 1958 y 1959 estudió en Munich, Alemania; esta preparación le permitió ser contratado en 1967 como director titular de la Orquesta Sinfónica Nacional, cargo que ocupó hasta 1970; después de él, ningún costarricense ha vuelto a asumir esa responsabilidad. Como director de la OSN, propició el estreno de obras hasta entonces inéditas en el país, además de organizar multitud de conciertos para estudiantes, siempre con propósitos didácticos.

 

Más allá de las composiciones, de las primicias y de los cargos, Vargas Méndez fue intérprete y educador. Como intérprete, a partir de 1950 le correspondió estrenar casi todos los órganos de las iglesias costarricenses, y como pianista, efectuó poco menos de 400 recitales y conciertos. Al decir del compositor Bernal Flores, Vargas Méndez fue un músico profesional: su familiaridad con la escritura musical, su dominio de la técnica y su propio talento le permitieron interpretar las más difíciles obras; por esto, muchas veces fue solicitado su acompañamiento por parte de los músicos que visitaban Costa Rica, y en más de una oportunidad realizó giras por el norte y el sur de América.

 

 

 

 

 

Este conocimiento de la música, esa capacidad de llevar a la mayor abstracción su familiaridad con las notas musicales y ejecutarlas después sin demasiada dificultad, era el resultado de estudios incansables y de su constante preocupación por mantenerse actualizado. Tal erudición fue reconocida por incontables estudiantes, para quienes Vargas Méndez no solo fue un guía que inventó su propia técnica didáctica, sino un facilitador que puso a disposición de quien la necesitase su vasta biblioteca y se encargó, por su cuenta, de anotar las partituras de compositores clásicos. De esta manera, allanó a los jóvenes músicos el encuentro con una obra clásica.

 

Reconocido nacional e internacionalmente, Carlos Enrique Vargas falleció el 13 de julio de 1998.

 

“He dedicado toda mi vida a difundir y enseñar la buena música. La música seria requiere de mucho estudio y comprensión, que no siempre se logra. Por eso es un esfuerzo duro.”