A A+ A-
Avanzada
Instagram Twitter Facebook Youtube Noticias RSS
Ministerio de Cultura y Juventud

Fecha de última actualización: 30/09/2004

 

 

 

 

Dinorah Bolandi Jiménez

 

 

 

 

 

Dinorah pinta, lee, quizás escribe, allí, sola, en su casa en Escazú, sin que nadie se meta con ella, sin que ella se meta con nadie. Deja que el lápiz o el pincel se vayan, ella los sigue -¡si puede!-, les dicta dos o tres pautas y los deja irse de nuevo, que le ayuden a sumergirse en sí -¡una vez más!-, que la dejen ser. Dinorah se busca, ermitaña, peregrina interior, severa consigo misma, con agudeza escudriña las formas que ante ella asume el mundo.

 

Dinorah Bolandi, pintora, dibujante y maestra, parece no encajar en nuestro pequeño medio artístico. Primero porque prefiere hacer su arte antes que exhibirse en las inauguraciones y colocar los cimientos que sostengan su nombre, perenne. Prefiere hacer, y el decir solo cuando es pertinente. Y su hacer, además, no suele mostrarlo. Hace para sí, sin mucho cacareo.

 

No fue de extrañar, entonces, que cuando en 1990 se agradeció con el Magón su obra pictórica y gráfica, su vida dedicada a la enseñanza y su calidad moral y humana, doña Dinorah renunciase al premio. Lo hizo con un gesto y decir seco y humilde: el Magón es un premio para una vida sobresaliente dedicada al arte y la cultura, "y ese no es mi caso", consideró. Sin embargo, el reconocimiento es irrenunciable, y Dinorah Bolandi será siempre la merecedora del Magón en 1990.

 

 

 

 

 

 


Desde su nacimiento el 28 de abril de 1923, su vida estuvo marcada por la expresión a través de las artes: su padre fue el cineasta, musicólogo y fotógrafo Wálter Bolandi, y su madre la pianista Marina Jiménez. Distraída e introvertida, muy niña se dejaba ir, con un lápiz en la mano, sobre el papel en blanco, y a los doce años inició sus lecciones de dibujo con Fausto Pacheco. Para aprender algo más partió para Estados Unidos; allí hizo estudios de secundaria, y entre 1942 y 1943 estudió en Colorado, y desde 1943 hasta 1947 en Nueva York, con los pintores Ivan Olinsky y Robert Brackman.

 

En Estados Unidos permaneció hasta 1957, cuando regresó a Costa Rica; traía consigo un excepcional conocimiento del arte contemporáneo, de primera mano. Su permanencia en la Nueva York de la segunda posguerra, durante el apogeo del acting painting, tuvo en Bolandi un efecto contradictorio que ha señalado Carlos F. Echeverría: aunque no exenta de fantasía, su obra pictórica es más bien figurativa. Formada en un ambiente que privilegiaba la mancha, no obstante ella prefirió el paisaje, la línea y el cromatismo suave. Según ha reconocido, de haber permanecido en Costa Rica se habría convertido en pintora primitivista.

 

También en Nueva York había estudiado fotografía, y en México artes gráficas, y con tales oficios se ganó la vida en los siguientes años, en Chile entre 1961 y 1964, y en Costa Rica en diversos lugares, incluso como fotógrafa del diario La Nación durante un corto periodo. Sus pinturas y dibujos evidencian esta experiencia profesional en un arte, el gráfico, donde la comunicación y el orden que la haga posible, tienen toda la importancia.

 

A partir de 1966 doña Dinorah se desempeñó como profesora en la Universidad de Costa Rica, tarea que repetiría en la Universidad Nacional; como tal, se pensionó en 1983. El tiempo que le ocupó la docencia, y su propio carácter, autocrítico y algo introvertido, podrían explicar que Dinorah Bolandi haya expuesto tan poco, apenas cuatro muestras individuales en toda su vida, y en cada ocasión ante la insistencia de colegas y amigos.

 

 

 

Según escribió Carmen Naranjo sobre el trabajo de Bolandi: "Síntesis y ritmo son las palabras claves para contemplar y admirar su obra. Además: honestidad". Doña Dinorah combinael talento con el rigor: plantea un diálogo constante con sus intuiciones, revisa constantemente, somete a análisis. Sabe que su dominio de las técnicas de las artes plásticas, tanto teórico como práctico, es insuficiente; siente que la imperfección acecha y por eso busca, busca, se enfrenta a la incertidumbre interior y exterior, persigue el equilibrio, la belleza con tesón y humildad.

 

Y todo lo hace en silencio, sin que nadie se meta con ella, sin que ella se meta con nadie, deja que el lápiz se vaya, que el pincel se vaya.

 

"La montaña es difícil de captar. Por su magia. No hay dos días en la vida de una montaña que se parezcan. Cuando pienso que la he logrado, desaparece; al final queda su espíritu, el gesto del momento".

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ministerio de Cultura y Juventud © 2014 Todos los derechos reservados.
Hermes Soluciones de Internet