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Ministerio de Cultura y Juventud

Fecha de última actualización: 01/10/2004

 

 

 

 

Francisco Amighetti Ruiz

 

 

 

 

 

"Para ser artista hay que vivir en el sentido 

Más allá de la aparente fidelidad a unas gentes y a un paisaje que es Costa Rica genuina, Amighetti la vio a través de un prisma original que insinúa a veces connotaciones trágicas, o la profundidad de lo cotidiano, y la belleza de un instante. Especialmente, algunos de sus inconfundibles grabados sugieren aquello de "pueblo chiquito, infierno grande", y su materia es el tiempo quizás más que el espacio.

 

 

 

 

 

 


Contemplativo y ardiente, tal vez esa dualidad como hielo que quema resuma al maestro grabador más importante del país y uno de los artistas más grandes de la patria del XX, cuya propia figura, delgada y poética, surge como si él mismo la hubiese esculpido sin pausa, desde la niñez hasta su vejez gloriosa, con gubias sobre la madera: estampa fina, trazo delicado de hombre de luz blanca, voz sinuosa y lenta, que hilvanara sensualmente su pasión desbordante por la vida y el arte a lo largo de 91 años.

 

No en balde su obra también se hizo con palabras, diríase muy plástica su poesía y muy poética su plástica. Consta así en su obra literaria: Poesías (1936); Francisco y los caminos (1963); Francisco en Costa Rica (1966).

 

Como pintor y sobre todo como grabador recibió los más altos honores que otorga el país: exposiciones retrospectivas, bellos libros y catálogos, el Premio Magón (1970), el doctorado honoris causa de la Universidad de Costa Rica y la admiración de generaciones por su trabajo y personalidad cálida.

 

No obtuvo a lo largo de su vida ningún título universitario, aunque fue profesor ameno y erudito en la aulas de la UCR: se formó a sí mismo a través de la observación y las lecturas incesantes, de los viajes, para él fuente esencial de conocimiento, y del intercambio con los amigos. Era trabajador infatigable de su arte y el amor lo embelesaba, se casó cuatro veces, cada vez con mujeres de personalidad y senda propias.

Muy joven perteneció a la llamada generación nacionalista, al "grupo de la nueva sensibilidad", que también integraban Teodorico Quirós, Fausto Pacheco, Luisa González de Sáenz, Manuel de la Cruz González y Francisco Zúñiga. Realizaban exposiciones anuales en el Teatro Nacional (1928-1937) y con ellos empieza un arte con características costarricenses. Después cada uno irá por su propia ruta.

En sus últimos largos años, era proverbial la presencia de Amighetti junto a la ventana, aquella pupila abierta hacia el mundo que solía poner en sus grabados. En su casa de los alrededores del campus universitario, donde salía salir a caminar, el maestro era acogedor en su voz parsimoniosa, en sus ojos celestes ponderadores de la belleza de los árboles, del cielo y de las mujeres, al mismo tiempo que celoso viajero de su soledad.

 

(...sugiero dos textos, ay no sé cuál escoger...)

 

 

 

La llama del arte

 

Desde la cuna de mis ochenta años

En que comienza mi descenso

La llama del arte

Encendida en mi niñez

Capitanea todavía en mi interior.

 

Descubrí mi patria alejándome,

La vislumbré en evocaciones y nostalgias,

Y por todos los caminos

Desemboqué en ella

(1987)

 

Probablemente morir es estar

Solo,

Quedarse con los labios sellados,

Mientras pasan aquellos, los

Que cantan,

Los que besan y aman.

Dormir en una colina,

Con los ojos abiertos y el corazón paralizado,

Mientras estalla el sol con pétalos de llama.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LA VENTANA

 

Con la ventana los arquitectos se volvieron

                pintores, hay casas en que la ventana

es el único cuadro colgado en la pared.

 

 

 

 

 

 

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