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Ministerio de Cultura y Juventud

Fecha de última actualización: 30/09/2004

 

 

 

 

José Marín Cañas

 

 

 

 

 

Mito de la literatura costarricense, a pesar de sí. Narrador osado, ambicioso, estilista agudo, periodista con más imaginación de la cuenta. José Marín Cañas: narrador de las miserias de un siglo contradictorio; testigo de la aridez, la cual testimonió, de medio lado, escéptico, en una corta e inolvidable novelística.

 

Pedro Arnáez relata la duda, el desconcierto, finalmente la desconfianza hacia grandes palabras como Civilización, Humanismo o Emancipación. Y lo dice, como pocos escritos costarricenses, con agresividad, con pasión y, especialmente, con lenguaje. Pocas veces la literatura costarricense adelantó tanto en un solo paso, con un solo libro, y perdió mucho cuando Marín Cañas dejó de escribir ficción, con apenas 38 años.

 

Don Pepe, como le llamaron sus amigos, casi siempre también discípulos, nació en San José el 28 de agosto de 1904. Estudió en el Colegio Seminario y en el Liceo de Costa Rica, y en 1920 partió hacia España a estudiar ingeniería, pero abandonó la carrera por problemas económicos.

 

 

 

 

 

 


 

Al regresar a Costa Rica empezó a estudiar música y a practicar con el violín en bailes y fiestas; al mismo tiempo, inició una carrera de locutor en La Voz de la Victor y en 1929 publicó sus primeros libros: la novela de ambiente español Lágrimas de acero, el volumen de relatos Los bigardos del ron, en el que destaca Rota la ternura y la comedia Como tú.

 

La siguiente década produjo sin descanso. En 1931 Marín Cañas publicó Tú, la imposible, una novela tan convencional en su fondo como audaz en su forma, y en 1933 fue nombrado el primer director del vespertino La hora, y lo concibió como un tabloide "burlesco, satírico y sensacionalista", según recordaría cuarenta años después. Como su director, emprendió en 1935 la tarea de reseñar la guerra que entonces enfrentaba a Bolivia y Paraguay en una serie de escritos que presentaba como testimonios verídicos del conflicto, pero que en realidad imaginó con la ayuda de un mapa y de un diccionario de botánica suramericana; ese mismo año estos textos aparecerían como novela: El infierno verde (La guerra del Chaco).

 

Tanta osadía llegó a un puerto en 1942 con Pedro Arnáez, una novela difícil de centrar en dos o tres adjetivos. Y después de eso, extrañamente, Marín Cañas abandonó la ficción, descuidó el periodismo y se dedicó a sus negocios, que se repartieron entre el comercio ganadero y la distribución de películas. Extraño punto final.

 

En 1962 fue elegido presidente del Instituto Costarricense de Cultura Hispánica, cuya oficina fue su refugio desde entonces y hasta su muerte en 1980. Antes de esta, una serie de reconocimientos le devolvieron a la actividad pública: primero, la concesión del Magón en 1967; casi al mismo tiempo, el llamado que le hizo Alberto Cañas para que participara como profesor en la recién fundada Escuela de Periodismo de la Universidad de Costa Rica y la invitación de Guido Fernández para que se incorporara a la página de opinión de La Nación.

 

 

 

 

 

 

 

En sus últimos años, sin embargo, estos consuelos se disiparon: un absurdo administrativo le dejó fuera de la docencia, una seguidilla de muertes le dejó sin hermanos y hermanas y, para qué engañarnos, ningún premio podía consolar a un escéptico de la calidad de don Pepe. Muere el 14 de diciembre de 1980 para, finalmente, como resumiría Norma Loaiza en el suplemento Áncora, dejar "de ser un mártir de sí mismo".

 

"Hay un instante en que todo es el caos (...) Nada tiene consistencia ni contornos precisos, ninguna doctrina es fija y posee derrotero. Saltan las ideas y se acaban, estallan los principios, las escuelas, las nuevas tendencias, y han perdido fuerza antes siquiera de llegar a hacerse compactas".

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Voy a contar la vida de Pedro Arnáez.

 

La he tenido por años atravesada en medio del pecho, como un tarugo de dolor, y todos los días me lo decía: "Tengo que contarla, aunque sea como un alivio". Y de tanto decir que la iba a contar se me fue poniendo el espíritu tieso y duro, mientras que las potencias del alma se me estiraban al igual que los pellejos curtidos al sol para el cuero.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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