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Ministerio de Cultura y Juventud

Fecha de última actualización: 01/10/2004

 

 

 

 

Lola Fernández Caballero

 

 

 

 

 

Precursora, fiel a sí misma, insobornable, reacia a figurar banalmente. Esa es la pintora Lola Fernández, una mujer que crea desde muy joven un arte muy suyo que no prodiga demasiado hacia los ojos ajenos.

 

Refugiada en su casa en Barrio Amón o la mitad del año en Ginebra, Suiza, es sin embargo una mujer de una alegre vitalidad a sus increíbles 76 años.

 

Dueña de su propia libertad creadora, no es fácil encontrarla desplegándose en el mundo social, pero sí es muy acogedora en su casa, en un umbrío recodo de Barrio Amón, donde hasta baila cumbias todas las mañanas porque "me alegra y al mismo tiempo una hace ejercicios". Su estudio repleto de grandes telas arrolladas o desplegadas en bastidores, con uno o dos cuadros en proceso, y muchos rotulitos motivadores, tomados de aquí y de allá, donde refleja su sentido del arte y de la vida, se abre hacia un jardín que ella cuida amorosamente.

 

 

 

 

 

 

"La vida me dio esta oportunidad que es muy linda y yo he sabido aprovecharla: poder expresar lo que siento por medio de la pintura", declara.

 

Las dosis de alegría que la caracterizan tienen su origen posiblemente en esta realización personal y en el amor hacia su familia, su esposo, el pintor suizo Jean Pierre Guillermet, dos hijos y varios nietos.

 

Nacida en Cartagena, Colombia, muy niña (de tres años y medio) sus padres se trasladaron a vivir a Costa Rica donde ella se educó y estudió pintura. Se especializó en Bogotá, luego durante tres años permaneció en Florencia, Italia, donde obtuvo la Laurea in Pittura. A su regreso, a los 23 años, fue la profesora más joven de Bellas Artes y se convirtió en una de las inolvidables de esa escuela universitaria a lo largo de 32 años de docencia.

 

Iniciadora en el país de los grandes formatos, del arte abstracto y del mismo expresionismo, ella formó parte del Grupo Ocho, que en los sesentas revolucionó el arte nacional. Ha expuesto en América Latina, Europa y Estados Unidos, y sus cuadros forman parte de varios museos y colecciones del continente.

 

Pinta en series, con una gran libertad temática cada vez, investigando siempre algún aspecto de su sensibilidad en el momento. En las últimas décadas su obra se ha decantado hacia un semi-figurativismo, donde personajes enigmáticos, salidos como de un onírico teatro de la vida, a menudo en muchedumbre, son a la vez espectadores y actores. En una etapa fueron calificados de "arquetipos" y Lola los pinta en distintas atmósferas y con sentidos distintos en cada serie que emprende. Pero también son característicos de ella sus volcanes, donde siente expresar su energía ardiente. A pesar de su versatilidad y renovación, son constantes en ella su sabiduría del color y su instinto compositivo.

 

Su obra es de las más cotizadas en Costa Rica pero ella no expone ni vende fácilmente.

 

 

 

 

 

 

 

 

Resulta una hermosa paradoja que esta mujer tan alegre y abierta exprese a menudo en sus cuadros -sobre todo por medio de los personajes enigmáticos-, angustias, desolaciones, gritos silenciosos o silencios cargados de gritos; en síntesis, inquietudes profundas de la condición humana.

 

¿Su obra favorita?

"La serie de tres cuadros Adán y Eva, que pinté en colaboración con mis hijos cuando estaban chiquitos".

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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