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Ministerio de Cultura y Juventud

Fecha de última actualización: 01/10/2004

 

 

 

 

Moisés Vincenzi Pacheco

 

 

 

 

 

El primer Magón. Y acaso uno de los que se recuerda menos, pese a la vastedad y variedad de su obra, esa que parte de la filosofía para recorrer prosa y verso, crítica y didáctica, y regresar, finalmente, a la filosofía, de la cual, de alguna manera, nunca salió. Un primer Magón para uno de nuestros menos aldeanos y más tenaces pensadores.

 

El 24 de noviembre de 1961 la Asamblea Legislativa había promulgado una ley que creaba el Premio Magón el cual, además de recuperar en su nombre al escritor Manuel González Zeledón, reconocía a quienes habían dedicado su vida al engrandecimiento de la literatura costarricense. Un jurado excepcional, integrado por Arturo Agüero, José Marín Cañas, Fernando Centeno Güell y Lilia Ramos, reconoció de manera unánime la figura del prolífico y agudo Moisés Vincenzi.

 

 

 

 

 

 

De alguna manera, el premio significó el reconocimiento oficial a un pensador que, durante los años cincuentas, sobrevivió a la indiferencia de sus colegas costarricenses, unos mezquinos, otros enfrentados a él políticamente. Periodo difícil para el filósofo y su familia, pero que permitió demostrar la densidad del granito que lo constituía: el hombre se ha de forjar a sí mismo, individualista y solidario, sin duda contradictorio en su interior pero recto, tenaz en su acción. Y así actuó Vincenzi.

 

Nuestro primer Magón nació el 3 de febrero de 1895 en Tres Ríos; su padre era un inmigrante italiano y su madre costarricense. En el hogar no sobraba el dinero, pero sí la preocupación por el estudio de los hijos, así que Moisés tuvo la oportunidad de estudiar hasta graduarse como maestro normalista.

 

Esta formación, sin embargo, acompaña pero no constituye enteramente el itinerario intelectual de Vincenzi: antes estaban su curiosidad por las cosas del mundo y de la vida y su atrevimiento para publicar las medias respuestas que encontraba a todas estas preguntas. Cuando era casi adolescente aparecieron Mis primeros ensayos, en tres volúmenes, entre 1915 y 1917. Durante los años veintes reside y trabaja en México, Cuba y Francia. En México trabajó como maestro, y tuvo la oportunidad de compartir con intelectuales como José Vasconcelos; a Francia viajó con su amigo el dramaturgo H. Alfredo Castro, a cuyo teatro después dedicaría un libro.

 

En 1929 regresa a Costa Rica y obtiene el título de profesor de Estado; un año después comienza una de sus décadas más interesantes en el campo intelectual, según lo han señalado Constantino Láscaris y Luis Ferrero; por esos años publica, entre otros, El caso Nietzsche (1930), El hombre máquina (1938) y Marx en la fragua (1939).

Muy al tenor de la época pero con metáforas e ideas personales, reflexiona sobre el lugar y las posibilidades del ser humano en el mundo contemporáneo. Estas reflexiones madurarían para reaparecer en El hombre y el cosmos (1961), acaso la síntesis de su oficio de hombre y de filósofo, y uno de los libros más hermosos y profundos escrito por un costarricense, según reconoció Alfonso Chase.

 

 

 

 

 

 

Durante los años cuarentas, Vincenzi dirigió el Instituto de Alajuela y la Dirección General de Bibliotecas; de este segundo cargo fue separado en 1948 por motivos políticos. Como protesta, renunció a su cátedra en la Universidad de Costa Rica e inició una larga década de ostracismo intelectual y penurias económicas, aunque activo como periodista de opinión en La Prensa Libre.

 

Hasta sus últimos años no se reconocería su valía: primero, a través del Magón en 1962; y después al declarársele Benemérito de la Patria apenas un día después de su muerte, el 22 de marzo de 1964.

 

"Aparece el Hombre: piensa, siente, quiere... No piensa sin quererlo ni sentirlo"

 

 

 

 

 

 

 

LA MUERTE DEL IDEAL

 

Va de viaje Don Quijote

a lo largo de La Mancha,

a la caza de aventuras

 

 

 

 

 

 

 

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