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Ministerio de Cultura y Juventud

Fecha de última actualización: 30/09/2004

 

 

 

 

Rafael Fernández Piedra

 

 

 

 

 

Recorrer la vasta obra de Rafael Fernández, medio siglo de misterios, de los tonos opacos a los colores vivos, de los personajes misteriosos o grotescos a las mujeres inefables, abre la puerta a lugares comunes como "fruto del esfuerzo" o "del tesón", o afirmar respecto a su satisfacción por la obra propia que "el trabajo dignifica". Acaso se pueda decir, más bien, que Rafa Fernández ha sido un hombre desde muy joven concentrado en su taller para dominar la paleta, el color y, sobre todo, sus hondas y mágicas inquietudes.

 

Esas mujeres etéreas, que tanto sugieren nostalgia y anhelo como serenidad o indiferencia, han hecho de "Rafa Fernández" la firma más conocida y solicitada en el mercado de la plástica costarricense, y representan la cuarta etapa de un itinerario estético de continua búsqueda, que ha pasado de los abismos interiores a la proyección de los deseos a través de, otra vez, esas mujeres enigmáticas...

 

 

 

 

 

 

 

 

Hijo del zapatero Claudio Fernández y de Silvia Piedra, Rafael nació el 24 de octubre de 1935 en San José; desde su infancia le apasionaron el dibujo, la pintura y la tauromaquia, y siendo adolescente ingresó a la Casa del Artista, donde confirmó dos cosas: que tenía una intuición creadora y que había que trabajar mucho para sacar provecho de ella. Luego había que exponer: así lo hizo en 1954.

 

Después de la Casa del Artista, Rafa continuó su aprendizaje en Nicaragua, en 1958: allí estudió bajo la dirección del maestro Rodrigo Peñalba, en la Escuela de Bellas Artes de Managua. Salían al aire libre y Rafa enriqueció su paleta con el viento enrevesado de tierra que llegaba a la tela. Al regresar a Costa Rica, continuó su búsqueda exhaustiva de colores y temas; pintaba mucho, exponía algo menos, y vendía poco. Junto con Manuel de la Cruz González, Carlos Moya y Claudio Carazo formó en 1964 el Grupo Taller: su propósito era compartir experiencias y conocimientos plásticos, pero respetando el pensamiento artístico de cada uno; el intercambio con Manuel de la Cruz propició su salida del plano narrativo para explorar un cierto surrealismo.

 

Por entonces aparecían ya las mujeres que hacen hoy sus cuadros inconfundibles; ellas aparecían en un segundo plano, o apenas sugeridas, y sus colores eran otros: fundamentalmente azules y grises. Durante los años setentas comenzó la que se considera su segunda etapa, y según críticos como Klaus Steinmetz, la más interesante; cuando introdujo más color y esconde, detrás de un objeto o personaje, un gato, su rabo, sus orejitas.

 

Una exposición en 1978 marcó el inicio de un tercer estadio en su evolución, en el cual abandonó el pequeño formato y le sumó luz y colores vivos a sus atmósferas; los terribles misterios del período anterior se tornaron imágenes melancólicas de la casa del recuerdo, de la memoria. A finales de los ochentas Fernández se instaló en España, donde con éxito expuso, entre otros lugares, en las Galerías Infantas, en Madrid, y Gaudí, en Barcelona; allí ganó premios como el Santiago en el 52 Salón de Otoño en el Centro Cultural de la Villa de Madrid y el Galerías Preciados. En 1987 expuso en la Organización de Naciones Unidas en Nueva York. Sus cuadros despertaban emociones varias e incluso uno de ellos fue destruido por un espectador.

 

 

 

 

 

 

A principio de los noventas comenzó una cuarta etapa que dura hasta nuestros días, y que lo ha hecho muy apetecido en el mercado: grandes y medianos formatos, una paleta muy cálida y colorida y, por supuesto, sus mujeres. Con más recursos, y seguro de la aceptación de su propuesta plástica, Fernández no dejó de pintar incansablemente durante la última década, y de esta manera ha podido satisfacer un mercado costarricense y centroamericano ávido de sus cuadros.

 

En enero del 2002 dos derrames cerebrales postraron a Rafa e incluso lo acercaron a la muerte. Pero pudieron más las ganas de vivir, la persistencia y talante que han caracterizado su existencia. Muy pronto, casi sin duda, estará otra vez en pie, incansable, encerrado en su taller, escudriñando entre misterios y mujeres de carne y sueño.

 

"La pintura ha sido generosa conmigo. Me lo ha dado todo. La vida nunca me ha negado nada, pero tampoco me ha regalado nada".

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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