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Ministerio de Cultura y Juventud

Fecha de última actualización: 04/10/2010

 

 

 

 

 

 

 

LA ACCIÓN DE SANTA ROSA, COMENTADA POR EL PERIÓDICO

FILIBUSTERO "EL NICARAGÜENSE"

 

 

DERROTA DE SANTA ROSA

 

 

 

 

 

 

 

 

Granada, Abril 14 de 1856

 

 


El 20 de marzo de 1856, doscientos ochenta americanos u otros que han adoptado la nacionalidad de los Estados Unidos, al mando del Coronel Luis Schlessinger, del ejército de Nicaragua, se encontraron en la hacienda Santa Rosa, a diez y ocho millas de Guanacaste, en esta República, con un cuerpo del ejército de Costa Rica, compuesto de 600 a 1000 hombres: y en el espacio de 15 minutos, sufrieron una terrible derrota. No se encuentra un hecho semejante en la historia de los ejércitos americanos, a no ser el saqueo de la ciudad de Washington. Todas las ventajas del tiempo y de lugar estaban a nuestro favor; el prestigio del valor americano estaba en riesgo de un golpe; todo contribuía a ganar la batalla; pero ninguna de estas ventajas ni todas ellas juntas, nos libraron de una cruel y vergonzosa derrota. Todos los soldados, así los que estuvieron en el combate como los que no estuvieron, están de acuerdo con nosotros. Por consiguiente, no podemos injuriar a los verdaderos valientes, dando razón de la batalla de Santa Rosa y comparándola con aquellas en que otra vez se han distinguido. La recompensa del soldado consiste en el aprecio de sus acciones meritorias sobre aquellos que han caído tras él y si no, ¿en qué consiste su mérito, si en el mismo párrafo se hablase también de los cobardes?.

 

 

 

 

 

No tenemos relación alguna oficial de la batalla, pero por lo que nos han dicho algunos que se encontraron en ella, la derrota debe atribuirse únicamente al Comandante de la fuerza. Nuestras tropas se habían detenido en la hacienda Santa Rosa para comer y haciéndolo estaban cuando fueron atacadas. No se había puesto ni tomado precaución alguna para evitar un ataque. Repentinamente, se esparció la alarma y antes que el orden se restableciera en nuestro campo, el enemigo nos acometió, haciéndonos un fuego destructor. Las tropas se acobardaron pronto y el Coronel Schlessinger dio orden a las compañías alemana y francesa para que se retirasen y tomasen mejor posición. Esta orden fue mal entendida y creyendo que se les ordenaba la retirada aquellas compañías se pusieron en precipitada fuga. El Coronel según dice, corrió a reunir a los fugitivos, pero se creyó que él también huía y con esto la derrota fue general. Nuestras tropas tomaron diferentes direcciones, esparciéndose en un terreno quebrado y montañoso, enteramente desconocido de ellas. Temerosos nuestros soldados de atravesar el camino, porque podían caer en poder de las partidas que el enemigo había destacado antes para cortarlos, se dividieron en pequeñas porciones y después de una pesadísima jornada, dentro de las montañas y en un camino quebrado, sin pan y sin agua, nuestros infelices compañeros llegaron a la bahía de La Virgen en pequeños grupos, muertos de fatiga, desnudos, descalzos y casi pereciendo. La indignación del ejército por la pérdida de la batalla iguala a las simpatías por los infelices que en ella sufrieron. Todos se quejan del Comandante de la expedición y particularmente de los oficiales y soldados que bajo su mando han faltado a su deber. Sujetas como están las acciones humanas a ser mal interpretadas, expuestos todos los hombres a la adversa fortuna, no haremos por nuestra parte censura alguna, antes de que el Consejo de Guerra, que conoce ya del asunto, pronuncie su sentencia.

 

 

 

 

 

Es casi imposible mencionar los nombres de los que merecen alabanza en las batallas y mucho menos en un combate tan poco digno de elogio como el de Santa Rosa. Pero el ejército alaba unánimemente una compañía y ciertos oficiales, que sería necesario cerrar los ojos a un hecho público para no designarlos. La antigua compañía de ligeros, mandados hoy por el capitán Rudler, fue la última en abandonar el campo y no lo hizo sino cuando la batalla estaba perdida enteramente. Las pérdidas de esa campaña fueron terribles y el enemigo se acordará por mucho tiempo de los ligeros.

 

 

 

 

 

El Mayor O'Neal, a quien se considera con razón como el Murat del ejército, ha sido elogiado sin medida por todos los soldados; no solamente por su valentía en el campo, sino por sus cuidados después de la batalla para con los que sufrieron. Se ha hablado también mucho del ayudante Johnson, oficial muy querido de la guarnición, que se empeñó en restablecer el orden y detener los fugitivos. Se ha recomendado tanto al General el cabo Kelly, de la compañía A, que lo ha hecho capitán.

 

 

 

 

 

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