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Entrevista con los Premios Nacionales de Cultura 2018

Juan Olivado "Martina" Camacho

"Siempre he tenido la mística para ser diligente en todo lo que hago"

 

·         Este maestro artesano de la cabuya recibirá el Premio Nacional de Cultura al Patrimonio Inmaterial Emilia Prieto Tugores 2018, el martes 28 de mayo de 2019, en el Teatro Nacional

 

San José, 24 de mayo de 2019. Juan Olivado Camacho Leiva era tan solo un niño de 11 años, cuando por temas familiares y económicos, tuvo que abandonar los estudios y comenzar a trabajar en el oficio de la Cabuya; una labor que al principio le resultaba desconocida, pero que en poco tiempo cautivó su atención, y a la que agradece las alegrías y aprendizajes obtenidos.

A sus 78 años, "Martina" o "Tina" como le conocen, está agradecido con Dios; con las oportunidades, los retos e incluso las experiencias difíciles con los que la vida lo ha enfrentado y hoy le permiten  ser una persona que disfruta plenamente de su oficio y de compartir su conocimiento con quienes tengan interés.

Este vecino de San Isidro de Tejar del Guarco en Cartago, es un hombre humilde, trabajador, alegre y con una sonrisa que comparte con quien esté dispuesto a conversar con él y escuchar sus historias. Confiesa sentirse muy agradecido y orgulloso de ser acreedor del Premio Nacional de Cultura al Patrimonio Inmaterial Emilia Prieto Tugores 2018, que otorga el Ministerio de Cultura y Juventud.

 

La Oficina de Prensa y Comunicación del Ministerio de Cultura y Juventud tuvo la oportunidad de entrevistar a "Martina", en el taller de "La Cabuya Cuenta"; un proyecto que lidera junto a su cuñada Sonia Navarro, y desde donde este artesano relató detalles de su vida, trabajo y lo que representa para él obtener un premio por la promoción cultural de un oficio tan representativo para su comunidad. A continuación, un extracto de esta conversación.

 

Sus inicios. Con una voz clara, pero cargada de recuerdos, emociones y nostalgia, "Martina" dice que aún tiene muy presente las palabras de su padre cuando a sus once años le dijo que sería mejor dejar la escuela y ponerse a trabajar; con algo de tristeza reflejada en su rostro, admite que la situación económica fue uno de los factores determinantes de esta decisión.

 

Al principio fue difícil. Como uno era carajillo, a lo más que lo llevaban era a darle a la carretilla donde se arrollaba el mecate; de ahí conforme veían el desarrollo de cada persona, lo incluían en otras tareas: a sembrar o jalar la cabuya, o bien a ayudar a llevar la cabuya hasta el "raspadero", que era una estructura con dos estacas en la que hacíamos el proceso para sacar el mecate. Para mí, lo más duro de todo esto es sacar la cabuya, porque requiere mucho esfuerzo físico; más si se piensa que era un niño cuando empecé.

 

Recuerdo que si acaso duré seis meses en la etapa de la carretilla. Mientras otro muchacho trabajaba el hilo, yo aprovechaba para juntar los sobrantes de la cabuya e ir creando mis propias cuerdas; aprendí muy rápido a hacer los hilos.

 

Cuando el patrón se dio cuenta, me dijo que me iba a buscar un peón para que me ayudará y pasé a trabajar haciendo sogas, cinchas, jáquimas en Tejar. Ahí empecé a ganar cerca de 1.50 0 2 colones aproximadamente por semana; para ese momento ya tenía 13 años.

 

A mí me sobraba el trabajo, en ocasiones durante la mañana hacía mi trabajo en Tejar y por las tardes iba a ayudar a otro lugar, porque tenía que "pulsearla" porque lo que se ganaba, era muy poco. Era muy intenso para trabajar, el sol no me hacía meya. En una empresa donde trabajé, llegué a hacer 170 hilos de más de 60 metros de largo, trabaja mucho, los viernes, fines de semana, a toda hora.

 

A los 22 años le comenté a mi papá las intenciones que tenía de poner un taller, hice un galerón en una propiedad familiar y ahí empecé a ser mi propio jefe. Esto fue tan solo una etapa, ya que después se vendió la propiedad donde tenía el taller y al tiempo tomé la decisión por temas personales de dejar el oficio, por casi 14 años.

 

Después de ese tiempo, lo retomé y hasta la fecha, sigue siendo el motivo de mi alegría.

 

Al consultarle acerca del tiempo, esfuerzo e implicaciones de su trabajo, Martina comentó que nunca ha estimado cuánto tiempo dedica a su labor o a cada pieza que trabaja. En mi juventud recuerdo que trabajaba desde la mañana hasta la noche, yo no paraba.

 

Soy un chavalo que me dedico a trabajar y conversar; disfruto que la gente venga y  que conversemos. Soy una persona que sabe lo que costó llegar aquí, sabe lo que cuesta la vida y sabe cambiarla cuando es necesario. Siempre voy de la mano de Dios para salir adelante y le pido a él que me de fuerzas para ser responsable con cada cosa que hago.

Siempre he tenido la mística para ser diligente en todo lo que hago, y espero continuar así por muchos años más.

Siendo sincero, a mí me gusta casi todo lo que tiene que ver con el oficio: desde sacar la cabuya aunque implique esfuerzo, estar de pie y que sea una tarea dura; hasta tejer que siempre he pensado es muy divertido, coser, hacer las alforjas, e inventar nuevos productos.

 

Lo que nunca me gustó, fue la venta. Yo antes hacía el trabajo prácticamente regalado, y todo era básicamente porque como fui pobre, consideraba que cualquier venta, por más mínima que fuese, ya era ganancia. Por ejemplo, recuerdo una época cuando vendía las bolsas grandes de mercado, las hacía por 42 colones la docena, a 3.50 colones cada bolsa.

 

Aún, hoy día me desvelo en las noches imaginando nuevos diseños o cosas por hacer, logro visualizarlas y hasta que no cree los productos, no me quedo tranquilo; es por eso que siempre estoy activo.

 

Este es un trabajo muy bonito, divertido, pero sí demanda mucho y requiere de ser cumplido con lo que se hace. En mi caso, ahora el esfuerzo físico es algo presente. En el año 1990  me dieron la noticia que perdería un 90% de la visión, por un tema congénito y que el daño era irreversible.

 

El problema no se había desarrollado antes porque era joven, pero el esfuerzo de la vista al coser y realizar otras tareas, poco a poco afectó mi visión. Sin embargo, aún conservo parte de mi visión y uso lentes de contacto; pero recientemente sufrí una caída y por ese motivo debo esperar a recuperarme para poder utilizar adecuadamente el telar.

 

Reactivación cultural. El Proyecto La Cabuya Cuenta es la iniciativa impulsada por Juan Olivado Camacho y su cuñada Sonia Navarro, para visibilizar la labor que realiza este hombre, en pro de la conservación de la tradición de la cabuya. Acerca de este proyecto y su perspectiva de preservar esta tradición.

 

Creo que de no haber sido por el interés  que tuvo el Ministerio de Cultura y Juventud por investigar acerca de este oficio, probablemente, aún seguiría siendo desconocido para muchas personas  o estaría en camino a desaparecer.

 

El trabajar la cabuya ha sido algo muy representativo de esta comunidad, desde chiquillos, muchos trabajaron de alguna u otra manera en el proceso. Para mí ahora lo más importante es que quienes forman parte del colectivo, aprendan y tengan el conocimiento necesario para realizar todos los procesos: desde la plantación y extracción de la cabuya hasta usar el telar, coser y poder vender los productos.

 

En este tipo de trabajos, es un inconveniente que todo el saber se concentre en una sola persona, porque eso genera una dependencia que no es buena. Además, si a la persona le sucede algo o muere, los conocimientos se irán con ella.

 

En el caso de nuestro taller, mi cuñada ha aprendido mucho de todo el proceso, y actualmente tenemos a una de las mujeres que forma parte del colectivo, que hace poco tiempo aprendió utilizar el telar y crear sus propias cintas y mecates; lo que representa un avance en su proceso de aprendizaje.

 

En los últimos años, hemos decidido desarrollar nuevos productos de utilitarios e incluso hasta zapatos, para que el público pueda conocer los muchos usos que podemos darle a la cabuya y que pueden ser parte de los artículos que utilizan en su vida cotidiana.

 

La clave para aprender este oficio es ser muy persistente y hasta necio, no hay que aburrirse; y eso es lo que me ha valido a mí en todos estos años, siempre estoy aprendiendo y haciendo cosas nuevas.

 

Nosotros lo que hacemos desde acá es formar a mujeres y personas de la comunidad que estén interesadas en seguir la tradición. Siempre estaremos agradecidos con el Ministerio de Cultura y Juventud, con la municipalidad y todas las personas que de alguna u otra manera han apoyado este proyecto.

 

La Cabuya Cuenta evolucionó muy positivamente en los últimos años, y todo gracias al apoyo que en gran parte hemos recibido desde Cultura. Mediante los procesos y talleres de fomento cultural, hemos llegado a escuelas, comunidades, ferias y demás espacios en todo Costa Rica.

 

Recientemente estuve en Rancho Quemado en Osa, enseñándoles a las mujeres de la zona cómo se trabaja la cabuya. De igual manera hemos estado en zonas como Coto Brus, Santa Ana y San Carlos, participando en ferias y compartiendo con las personas, el conocimiento que se obtiene con los años en este trabajo.

 

De mi parte, seguiré trabajando para que las mujeres y personas que forman parte de nuestro colectivo continúen aprendiendo y desarrollándose en esta labor. Lo que más me motiva es ver a estas personas echando para adelante y esforzándose por hacer cada vez mejor las cosas.

Reconocimiento a una vida de arduo trabajo. Para este hombre esforzado y trabajador, el anuncio de convertirse en el ganador del Premio Nacional de Cultura al Patrimonio Inmaterial Emilia Prieto Tugores, lo tomó por sorpresa y señala, fue uno de los momentos más especiales de su vida.

Al principio cuando me llamaron pensé "me están vacilando". Para ser franco el premio para mí es algo increíble; si alguien hace veintiocho años me hubiera dicho que este día llegaría, no le hubiera creído.

El día que me llamaron del Ministerio para avisarme, yo no lo podría creer; caí en cuenta de que era real hasta que Sonia, mi cuñada me dijo que era verdad. Jamás pensé que fuese real.

 

Soy una persona humilde, que nunca pensó en tener un reconocimiento de este tipo, pero sé que Dios le tiene a cada persona un propósito, por eso hay que perseverar en la vida. Para mí esto es una bendición, y ahora me queda disfrutarlo, saberlo administrar lo que conlleva este premio y seguir adelante principalmente trabajando y activo. Ahora le pido más fuerzas a Dios para seguir adelante.

 

No sé si este será el último aliciente o si vendrán más, lo que sí sé es que continuaré trabajando arduamente y con la misma alegría, como siempre lo he hecho.

 

Producción  - Oficina de Prensa y Comunicación - MCJ / Consecutivo 181 / MAC/ 24-05-2019

 

 

 

 

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